Juana *

Por Judith Dias



Y lavo sus manos con la lluvia. Lavo sus manos…y al lavarlas  lavó los pecados, lavo los males del mundo, lavo la tristeza, el miedo y el dolor.

Ella no era  Jesucristo crucificado limpiando los errores de nadie, pero ese día de nublado cielo, Juana lavo tanto sus pequeñas manos blancas teñidas de rojo que logró perdonarlo a él y a todos. A todos los que la dañaron  porque ¡la puta madre! ¡Como la habían dañado!

Luego de lavarse las manos se quedo sentada en el piso bajo la helada lluvia. Movía su cuello de un lado a otro para relajarse y abría su boca para dejar entrar las gotas de lluvia y sus lágrimas. Lo salado y frío se mezclaban en su lengua danzando como si fueran dos futuros amantes conociéndose en una fiesta.

¡Que hermoso era permanecer bajo la lluvia! Permanecer allí como si nada pudiera dañarla, como si las personas no existiesen, solo ella y la naturaleza.

Se recostó en la tierra mientras se regocijaba con el aroma que allí emergía - que perfecto olor tiene la tierra mojada-, pensaba.

La lluvia comenzó a caer intensamente pero aún así ella no se inmutaba. Seguía disfrutando de los aromas que brotaban de sus alrededores y pensaba cuan afortunada era en la desdicha. Y sentía pena por los que nunca lograrían disfrutar de un día de lluvia rodeado de inmensos árboles, de  la naturaleza y sus aromas, de la frescura y de la alegría que en el medio del  bosque se sentía.

Su pies y sus manos se estaban poniendo arrugados, y eso la hacía recordar a su madre cuando la retaba en su niñez porque no salía del fuenton de la ducha y le mentía que sí no salía rápido se iba a convertir en una vieja. Y ella lloraba porque le creía, y se asustaba siempre al ver sus manos y pies arrugaditos…Sintió un poco de melancolía pero esta pasó luego de un tiempo y volvió a sentir la dicha de aquel momento maravilloso y casi irreal.

Ella sabía lo que pasaría y lo esperaba tranquilamente como si no fuera a sucederle. Su cuerpo se iba debilitando lentamente cada segundo que pasaba, aunque hubiera querido ya no podría haberse incorporado para volver a su casa.

El agua la lavo de pies a cabeza y la arrastró a un lugar desconocido. Se fue como diosa en su cielo, se fue como quiso. Dejo que su cuerpo se inundara el frío del gran charco y que se convirtiera en parte de él y que fuera parte de la naturaleza que tanto había disfrutado. Sus ojos negros maravillados de tanta belleza se cerraron, sus pequeñas manos se relajaron para partir hacía otros rumbos, para dejar de admirar la belleza y comenzar a ser parte de ella.


Judith Dias (Argentina, 1991) Reside en Moreno, Buenos Aires

* Cuento ganador del Concurso de Literatura de mayo 2011

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