Los libros en la censura del mercado

Las obras literarias pueden ser elementos de enriquecimiento intelectual, pero también una forma a través de la cual se transmite cultura. La industria editorial, colosal devoradora, maneja el mercado de libros como las grandes financieras controlan la economía. Los dominantes siempre son los privilegiados.

Por Lucas Paulinovich - lpaulinovich@gmail.com


En 1983, en Buenos Aires se erigió un enorme edificio de libros. Era una réplica exacta del Partenón, símbolo de la civilización griega. Los ladrillos de aquella enorme obra de arte eran los libros que fueron prohibidos durante la última dictadura. Eran 30 mil, como los desaparecidos cuyas vidas robo la furia represiva de los militares y sus cómplices civiles. Su autora, Marta Minujin. “El Partenón de la libertad” se lució durante tres semanas. Luego fue desmontado y, homenaje a la libertad, el público se llevó los libros. “Un elegante ocupa mucho espacio”, de Elsa Bornemann, era uno de esos textos subversivos que los militares borraron del mapa. En 1976 era elegido para integrar la Lista de Honor del Premio Internacional “Hans Christian Andersen”, entregado por la International Board on Books for Young People. Un año después, castrense reconocimiento, los militares argentinos le concedían el premio de la censura. En el mismo decreto, se impedía que los niños leyeran las perversiones de “El nacimiento, los niños y el amor”, de Agnés Rosenstielhl. "En ambos casos se trata de cuentos destinados al público infantil, con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo (...) De su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la Iglesia, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone", decía el decreto. Todo el necio empecinamiento de los militares, sin embargo, no lograba silenciar el tronante grito de las letras.

Letras perseguidas, letras olvidadas
Las letras más incómodas, las que más jodían, fueron homenajeadas con el destierro o el silencio. Las dictaduras de todo el mundo tuvieron, común acuerdo, la metodología de suspender los libros. Recuperadas las democracias, muchos libros no volvieron a hablar: el espanto de aquellos años les habían robado la voz.
La democracia liberal, que es como una dictadura disfrazada, prohibió la circulación de ideas mediante formas mucho más sutiles. La farandulización de la cultura y las corporaciones editoriales hicieron que los libros sean objetos de culto: solo accesible a las élites que sabían y alejados de las masas que no se interesaban. “Primero había una evaluación política del libro, y luego venía la censura, que era una herramienta de control político en manos del Estado. No había ninguna improvisación, ningún capricho. Sabían muy bien lo que hacían", cuenta el investigador Hernán Invernizzi. Esa evaluación ya no la hacían militares de fajina, sino trajeados hombres responsables “del mercado”. La industria editorial creció a saltos de canguro, y los escritores, poco a poco, se transformaron en empleados a sueldo de corporaciones de la cultura. “La demanda obedece a la oferta. Si se ofrecieran productos de mejor calidad, estoy seguro que funcionarían”, me dice el escritor Marcelo Birmajer. Los libros pasaron a ser un consuelo de amas de casa neuróticas o los indicadores de los pasos magistrales para ser un exitoso emprendedor.

Cultura unitaria
Los libros nacen, se desarrollan y mueren en las costas pampeanas. Como el país entero, la cultura argentina se ha conformado de acuerdo a los principios básicos del unitarismo. Al consultarlo, Marcelo Birmajer me dice que no cree que sea así. Me cita a Héctor Tizón y a Roberto Fontanarrosa, dos escritores reconocidos nacidos y afincados en el “interior”. Sin embargo, el 70% de los títulos registrados, según el Centro de Estudios para el Desarrollo Económico Metropolitano (Cedem), fueron editados por empresas radicadas en Capital Federal. Otro 21% los editaron en la provincia de Buenos Aires. Es decir, solo un 9% de los libros registrados fueron producidos por manos del interior del país. Es en Buenos Aires donde brillan las estrellas del reconocimiento y la trascendencia. Esa situación de dependencia se traduce con exactitud en la relación de las pequeñas poblaciones y los centros urbanos de referencia.

Los libros, pese a todo, prometen ganancias. No se trata de un negocio pequeño. Son unos 1.200 millones de pesos anuales los que maneja la industria editorial en la Argentina. El mercado es abundante. Se producen aproximadamente 65 millones de ejemplares, a través de más de 2.100 editoriales. Los últimos años, sin lugar a dudas, fueron prósperos para el negocio editorial. Lo que quiere decir que hubo un aumento de la lectura. “En los años ’90 se vendieron editoriales a grupos del exterior y hubo un proceso de extranjerización, pero luego, como parte de este proceso, en los años 2000 nacieron nuevas editoriales que hoy ocupan un lugar en el mercado. Esto le dio mucha vitalidad a la industria y generó oportunidades de publicar a nuevos autores”, comenta Alejandro Archain, gerente general de la filial local Fondo de Cultura Económica. Birmajer concuerda con ese análisis. Según él, “nunca hubo tantas facilidades” como ahora para publicar.

En ese marco, la producción nacional se vio beneficiada. Ya en 2005, el 97% de los libros que se circulaban, se imprimían en el país. El problema era que se amontona y no se distribuye. Aunque las grandes editoriales van teniendo cada vez menos protagonismo. En 2006, el 85% de las empresas del sector eran pequeñas y medianas, según el Laboratorio de Industrias Culturales. Esa atomización no subsanaba la concentración económica. El mismo informe relataba que las 20 firmas más grandes se quedaban con el 50% de la producción de libros y el 75% del mercado. En la cultura, también, el privilegio de ser grande es ser patrón del mercado.



1 comentarios:

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