Sin vueltas *

Por Daniela Garufi - danigarufi@gmail.com

Domingo significa almuerzo con la abuela. No hay tutía. Llegando a la puerta uno ya sabe con qué se va a encontrar en la mesa, todo lo que ella cocina tiene más olor, llega más lejos, mis desabridas comidas no se huelen ni a 20 centímetros, no importa cuánto condimento use ni cuánto me queje, es así. "Está en la mano, nena", no sé si es un consuelo o una cargada. 

Voy llegando solita con mi torta de ricota para acompañar el té "digestivo" de postre y como siempre me ataca la ola de recuerdos que esta cuadra en particular tiene para ofrecerme. Cada mediodía, durante 7 años de una querida primaria caminaba las 3 cuadras que me separaban de las fastuosas comidas de la abu, mirando Utilísima o algún dibujito si tenía suerte. Una hora y media y de vuelta a clases. Este domingo, con mi paquete en mano, me asaltó un recuerdo que tenía en pausa. Olor a milanesas fritas, en la era de la comida light sólo a mi abuela se le ocurre freír las milanesas en 300 litros de aceite, mucho olor a milanesas fritas. 
Bajo las escaleras del cole, despido a mi maestra de 6to grado y cuando ya estoy llegando a la vereda lo veo a él. Mi novio. Aunque de novio sólo tiene el título porque nunca pasamos más que un recreo juntos y el contacto más largo fue un roce de manos al pasarme una notita que decía "te quiero". 

- ¿Te puedo acompañar a tu casa? 
- Ehhhh... sí, como quieras.
- Es que te tengo que decir algo.

Pánico. Y más pánico. ¿Qué quiere? Me va a cortar. ¿Pero por qué? Si no le hice nada, si no le hablé más a Gonzalo. Me va a decir que le gusta Tamara, seguro. Seguro piensa que Tamara le va a dar un piquito y yo no se lo di. Pero eso fue hace un montón, recién empezábamos a ser novios, si me lo pide ahora sí se lo doy. Cómo no le voy a dar un beso si hace días que no pienso en otra cosa. ¿No se da cuenta que busco cualquier excusa para agarrarle la mano? Y ahora nunca lo va a saber, me va a decir que quiere cortar porque le gusta Tamara y desde hoy a la tarde va a ser su novio. Y su primer beso va a ser con ella y no conmigo. Y mi primer beso va a ser con cualquier otro y no con él. 

Ya pasó una cuadra y no me dijo nada, una cuadra en absoluto silencio, evidentemente mis sospechas se confirman, algo le pasa si no ya me hubiese contado todos los detalles del partido de ayer y de qué había hecho esta vez Francescoli para ser el mejor del mundo. Pero nada, silencio. ¿Y yo qué le voy a decir? ¿Qué le puedo decir? Si ya sé que le gusta Tamara, todo el tiempo que se pasó negándolo está por quedar en el olvido. Tengo calor, encima tengo calor. Odio el calor, o quizás odio este momento y justo coincide con el calor. No, definitivamente odio el calor. Lo miro, me sonríe... encima me sonríe. Con esos dientes llenos de aparatos fijos y esos ojos que derriten los helados. No, no lo voy a poder aguantar, cuando llegue a casa me meto corriendo, no lo quiero escuchar, que me lo mande por una notita. ¿Si me dijo “te quiero” en un papelito abollado por qué no me puede cortar de la misma forma?

Ya casi llegamos, no me voy a escapar, no tiene sentido, si me rompe el corazón al menos me va a tener que ver la cara de sufrimiento. Ni una palabra en tres cuadras. Lo miro por última vez (obviamente a partir de mañana le retiro el saludo, la palabra y la mirada para siempre), tiene gotitas de transpiración en el bigote. No tiene bigote en realidad, no como el de mi papá al menos, pero algo tiene, “pelusa” le dice mi mamá. De cualquier forma tiene gotitas, chiquititas, redonditas, una al lado de la otra pero sin tocarse, todas esparcidas en ese falso bigote. Y en vez de darme asco me encanta, más ganas de besarlo tengo. Y entre el calor y la transpiración se me llenan los pulmones del clásico olor a las milanesas de mi abuela. Y sólo por eso me doy cuenta que estamos parados en la puerta de casa y que, tres cuadras y un umbral después, nadie dijo nada. Ya me estoy impacientando, si me va a doler que sea rápido. Cuando pienso que no puedo aguantar ni un segundo más lo veo tomar aire para hablar. Sin vueltas (o con 300 metros de vueltas) me suelta:
- ¿Me das un beso?

Tienen el mismo olor, el mismo color, hasta estoy comiendo en los mismos platos con la  misma y clásica seven up de siempre, pero por esas razones del corazón las milanesas que comí aquel mediodía de 1997 tenían el gusto a felicidad más grande del mundo. Las de hoy tienen gusto a 8.000 calorías.




Daniela Garufi - Nací en 1986 en la ciudad de Buenos Aires, en Parque Avellaneda donde sigo viviendo hasta el día de hoy. Estudio Comunicación Social en la UBA y recién a los 25 años empiezo a descubrir el mundo de la escritura, afortunadamente queda mucho por recorrer.

* Cuento ganador del Concurso de Literatura de julio 2011

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