La autoayuda pegó un salto hasta lo más alto en la venta de libros. El discurso social se ve fuertemente impregnado por sus consignas de aguachento humanismo. Cada vez más personajes de la farándula se lanzan a escribir manuales para la autoayuda –de sus bolsillos-.
Por Lucas Paulinovich - lpaulinovich@gmail.com
Si usted tiene un problema que es capaz de generalizar como si fuera propio de millones de personas, utiliza un lenguaje poco específico, emplea unas cuantas frases hechas y lugares comunes, adereza algunas metáforas forzadas y termina remitiendo a una parábola oriental que posee una moraleja aleccionadora, se encuentra a un paso de escribir su primer manual de autoayuda.
Estas piezas del verdadero arte de la charlatanería no son más que una exégesis de alientos e instigaciones al buen humor: como si la positividad no surgiera como consecuencia dialéctica del desarrollo material y simbólico de la vida social, sino simplemente de una disposición espiritual. De esa forma, quien no es feliz, es porque no quiere: aunque deba pagar deudas, trabajar de sol a sol, alimentar diez hijos, ser perseguido por policías represivos, sufrir los acosos de sus patrones, ser víctima de marginaciones, etcétera.
La autoayuda está escrita para personas sin tales problemas, es decir: la autoayuda son textos escritos por la clase media urbana para la clase media urbana. Psicología de feria, los manuales de autoayuda indican a esta fracción social como paliar la neurosis que le genera estar donde están parados socialmente: son un conjunto de recomendaciones que se hacen unos a otros para no asumir un análisis que revele las verdaderas causas de sus conflictos y desnude el carácter “problemático” de la organización social de la que se benefician –y, al mismo tiempo, se compungen-: la clase media lectora de autoayuda es aquella clase que saca provecho de las inequidades sociales, pero a la vez le generan culpa y lastiman sus valores bondadosos.
Por estas razones, los manuales de autoayuda salpican algunas frases “revolucionarias” que cuestionan el “individualismo extremo”, el “egoísmo”, “la tentación por lo material”, al mismo tiempo que se alejan del asedio del trabajo racionalizado y los cánones ineluctables de la modernidad. Para ellos la salvación está en una modificación espiritual: como si fuera posible acabar con el hambre y la pobreza del mundo, desean con todas las fibras del cuerpo o los banqueros dejarían de timbear los dineros del mundo tan solo porque nos uniéramos en una meditación subversiva.
El anti-individualismo de la autoayuda tiene patas cortas: bien pronto podemos decir que escaparse de las taras mundanas a través de la espiritualidad es una forma de quitarse de encima responsabilidades sociales y encerrarse en su propio “bienestar”.
Manual leído, corazón contento
Ahora bien, muchos lectores reciben de ellos una calma para sus problemas más urgentes. Cuando se ven arrasados por la ceguera del estado de crisis, necesitan respuestas simples o rápidas: los manuales de autoayuda están al alcance de la mano. La simpleza en los conceptos y la amenidad con que están escritos estos manuales, permite un acceso generalizado: no es necesario ser un lector avezado ni un amante de la literatura para irrumpir en sus páginas, basta solo con la voluntad para asumir como propias las experiencias relatadas –como en el horóscopo, cada quien puede encontrar relación entre lo dicho y lo ocurrido, dada la generalidad y ambigüedad de los textos-.
Los manuales de autoayuda –a diferencia de los buenos libros- dicen todo aquello que el lector espera leer antes de tomar el libro: “En cierta medida, parte de su éxito puede entenderse ante la evidente soledad que produce el debilitamiento del entramado familiar y social o, simplemente, el ritmo de vida actual, competitivo y veloz”, dice un estudio de la Universidad Panamericana de México.
La prosa de autoayuda logra ocupar los espacios de “saber” que la ciencia no puede ganarse entre el público menos ilustrado: quienes no cuentan con demasiado tiempo, vastos conocimientos y una ágil intelección, dejan de lado las producciones de alta rigurosidad, y sacian sus apetitos de conocimiento con estos productos elementales y sencillos. Al ser mayoritarios, la circulación de ideas se empobrece: de tal modo, el sentido común es hegemonizado por un discurso cuyo esquema constitutivo abreva en el psicologismo pseudohumanista característico de la autoayuda. La razón empleada para desarrollar el ejercicio intelectual es absolutamente abstracta, despojada de lo material: en esta estructura lógica lo espiritual, deificado, ejerce la dominación y condiciona la materialidad, olvidada como esencia primera.
Es decir, la lógica fundante del pensamiento de autoayuda es una lógica netamente capitalista, en tanto y en cuanto se basa en la pura abstracción y la degradación material. La autoayuda, con solo hacer circular su discurso, está alimentando la lógica de producción y reproducción –material y simbólica- que genera los problemas que pretende solucionar.
Hazte la fama y échate a escribir
Si uno quiere ser un escritor de superventas y pasar a la historia del reconocimiento público –o al menos gozarlo momentáneamente- pero no tiene el talento suficiente ni la creatividad necesaria para escribir una obra de las dimensiones del Tratactus Lógico-Filosoficus –Wittgenstein-, El capital –Marx-, La fenomenología del espíritu –Hegel-, La guerra y la paz –Tolstoi-, El proceso –Kafka- o cualquier otra obra cumbre que pueda mencionarse, necesita recurrir a la autoayuda.
Así, si bien no será reconocido por hombres formados e inteligentes, recibirá los aplausos de mucha mayor cantidad de personas, menos avispadas y conocedoras, pero mucho más fervorosas por creer estar ante el hombre que otorgará la “llave secreta” para abrir el “camino hacia la felicidad”.
Este último movimiento es el que realizaron muchísimos personajes famosos en la Argentina –y el mundo- en las recientes décadas. Periodistas poco talentosos, sin formación y poco capaces de un análisis medido y sesudo que repiten lo mismo que anteriores charlatanes ya había dicho sin ningún rigor –repetir una banalidad es doble banalidad-; conductoras faranduleras que recrean anécdotas para mostrar su paso desde la esclavitud de la rutina a la libertad de la felicidad; psicólogos con pinta de bonachones que refutan todo el arsenal teórico de su disciplina con unas cuantas consignas armadas a los apurones para vender más libros y luego se pasean por canales de televisión manifestando sus “saberes” en servicio de “la gente” –esta es una doble traición, ya que la patraña se vende con el disfraz científico que adquiere al ser dicho por un “profesional”-; gurúes sempiternos que endulzan la voz a tal punto que pueden hacerte creer que la violación de una hija es un regalo de “los maestros” que pusieron una “piedra en tu camino” para que puedas “superarla”.
Pero también existen otros, algo más creativos, que esconden su lógica de autoayuda detrás de historias de ficción. Estos escritores relatan historias de esfuerzos y derrotas, sacrificios y penurias, que culminan con la salvación a través de una suerte de revelación. La parábola es siempre idéntica. El lenguaje de estos textos –así como su contenido- carece de toda rispidez y en ningún momento cuestiona absolutamente nada –más allá del “extravío espiritual” en el que arrancan sus personajes- y se limitan a pintar un paisaje algo mitológico, con personajes arquetípicos y acciones que deambulan entre una semblanza burda y estereotipada de la cotidianeidad, y la peregrinación sacerdotal.
El material producido es igualmente precario, solo que estos últimos se ganan el pan algo más dignamente: por lo menos invocan algo de creatividad al generar las historias mediante las que filtran su ideologismo.
La autoayuda –tanto en ensayo como en ficción- es la renuncia a la vida: la resignación de los placeres más vigorosos, la sofocación de las briosas pasiones que conducen hacia las atrocidades o lo desmedido, la intensificación de las represiones “humanitarias” en nombre de un mentado virtuosísimo que no tiene correlato con el mundo real y una monserga de falaz solidaridad que en nada se reproduce en las realizaciones materiales.
Los valores promovidos por la autoayuda, son los valores de la esclavitud: los principios que sostienen los hombres temerosos, piadosos y con pánico por vivir la vida de acuerdo al mandato de sus pasiones. La autoayuda es la literatura del burgués timorato: desea ser feliz sin resignar a la confortabilidad de su hogar ni arriesgar demasiado en su intento. El “saber” de la autoayuda es el “saber” hegemónico, el del sentido común: por eso resulta tan simple escribirlo y lo puede hacer cualquiera: con solo decir lo obvio y esperable ya se está haciendo un buen trabajo.
El empobrecimiento del placer y la decadencia en la percepción refuerzan estas producciones al mismo tiempo que estas contribuyen a profundizar lo anterior. Es una suerte de dialéctica de la simpleza –que nada tiene que ver con la sencillez y sí con la mediocridad-. Es la agonía de los sentidos y un fortalecimiento de la dominación filtrada a través de las diversas técnicas de entretenimiento. La autoayuda –como paliativo, como explicación falsa- es uno de los principales caballitos de batalla.
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