Cuando las opciones internacionales quedan lejos, el mercado local de la palabra y del espíritu encuentra un lugar y lo hace mediante los mejores exponentes. En esta nota se dará cuenta de los gurúes argentinos que no hacen más que ayudarnos a vivir mejor.
Por Daniel Francisco – muchacho@live.com.ar
Parecería que los problemas del mundo que oprimen al hombre han encontrado un camino distinto para ser absorbidos y canalizados. Lejos de las guerras, el espionaje o el mismísimo cine de Hollywood, el boom de la autoayuda, que nos propone conectar al espíritu con nuestra realidad, sigue creciendo.
Las teorías más difundidas rezan –justamente- por la paz y el progreso personal desde el interior de nuestras almas. Se presume que con un trabajo mental –al que hay que ejercitar a diario- todos somos capaces de obtener logros y la independencia definitiva del Capitalismo que atenta contra el espíritu.
Pero como el mundo está en constante movimiento y evolución, atrás quedaron los gurúes famosos por sus ideales y también por sus particulares modos de vestir. Ya no recordamos a Mahatma Gandhi ni a su cabeza tan pelada como un coco. Tampoco pensamos en Sai Baba ni en su afro americano propio de un baile Disco. Mucho menos creemos en los designios divinos y materialistas de Deepak Chopra, ni en sus marcadas ojeras. Y, lamentablemente, el Dalai Lama mucho no puede ayudarnos en nuestro camino de oscuridad si vive en la punta de una montaña y baja cada muerte de Obispo.
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| Mahatma Gandhi (1869-1948) |
Afortunadamente, la espiritualidad encontró la forma de estar cerca y se hizo un espacio local en nuestras vidas cotidianas para hacernos entender que hay otra forma de vivir y distintas maneras de lograr los sueños.
Es muy común encontrarse al Brujito Maya entre los canales del cable, dando sermones quién sabe sobre qué y vistiendo una túnica anaranjada que puede quemarnos los ojos si la observamos por más de cinco minutos. Asimismo, tenemos a Ari Paluch quien prefiere escupir menos micrófonos en radio para escribir formulas esperanzadoras que pueden auxiliar a cualquier alma en pena.
Pero si se trata de la espiritualidad por medios de comunicación masivos, no podemos renegar sobre el verdadero éxito de dos grandes de nuestra televisión. Claudio María Domínguez puede aburrirnos con su tono dulce, su cara de bondad sin límites y con el uso de la misma ropa una y otra vez. Sin embargo, Claudio tiene la capacidad de mechar en su discurso alguna palabrita para descontracturar, como “verga”, “chota” o “mierda”. Esto lo hace más humano y terrenal que otros, y nos da la pauta de que siendo así tan mal no le va.
El otro coloso de la televisión que se inclinó de lleno a la veta espiritual –precisamente con las presunciones de El arte de vivir- es Marcelo Tinelli. El conductor, siempre que puede, hace saber cómo piensa, qué lo lleva al éxito personal y profesional y, mientras la levanta con pala, nos deleita todas las noches con un desfile mediático de peleas, culos y algunas emociones.
Como vemos, nada tenemos que envidiarle a los gurúes internacionales y fundadores de grandes líneas espirituales. Tenemos lo que merecemos porque queremos lo distinto por sobre lo natural. Porque ante la versatilidad del pensamiento, nos acomodamos y pugnamos por lo ecléctico entre nuestras fronteras antes que la importación de chantas de otros países.

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