El panóptico social

Ojos que lo ven todo y una sociedad crispada por la inseguridad. La solución a los males que aquejan es estar atentos, con la mirada puesta en todos. Todos observan a todos y todos vigilan a todos. El riesgo de la rebeldía  es alto, pues salirse de lugar tiene su castigo. Controlar, vigilar y, de ser necesario, castigar.

Por Natalia Gauna - naty_gauna3@yahoo.com.ar


El orden es un valor supremo para toda comunidad. Sin una forma acabado con reglas explicitas, los organismos sociales parecieran no poder subsistir. Por lo tanto, el control y la vigilancia de los comportamientos de las personas para garantizar no infringir la ley, es la necesidad suprema. Ahora bien, qué sucede cuando el límite entre el consenso y la coerción se torna muy fino, al punto de convertirse en una sociedad de control extremo, de ciudadanos policías reinados por el miedo que produce el corrimiento de las reglas establecidas.

Sin lugar a dudas muchas de esas reglas de “buena convivencia” son necesarias para el funcionamiento comunal: normas de tránsito, de conducta, laborales, etc. Pero otras son impuestas por un poder desconocido que instaura la sumisión con la supuesta garantía de combatir los males de la sociedad. El delito, los asesinatos, secuestros y demás, acabarían con la eficacia de la vigilancia: cámaras de seguridad ubicadas en edificios públicos y privados, en las calles, rutas y autopistas con la posibilidad - y el gran “servicio”- de encender el televisor y ver con nuestros propios ojos los hechos delictivos.

Prisión modelo Panóptico
El fin, denunciarlos, aunque ya ocurridos; o por lo menos, ser testigos para luego poder evitar esas zonas peligrosas y armar nuestro propio “mapa del delito”. Ese temor extremo llevó a la ciudadanía a  convertirse en su propia policía porque el vecino puede ser un enemigo o peor aun, un delincuente. Esta lógica de guardia civil antepone la seguridad y  la búsqueda de resguardo como objetivos a alcanzar por el bien de todos, de aquí que casi inevitablemente los hogares se transformen en fortines y las ciudades en un espacio peligroso y divergente aunque con posibilidades de mudarlo en un lugar seguro gracias a la aplicación de las herramientas ya mencionadas: las cámaras de seguridad. Pero también otras que se suman a este cóctel anti-delito: alarmas, rejas, personal de seguridad, puertas  y vidrios blindadas hasta paredones que eviten mezclar la “buena gente” de los malvivientes.

En las ciudades blindadas en las que hoy vivimos, donde siempre podemos ser espiados y controlados, opera la lógica del Panóptico. Jeremy Bentham, filósofo inglés, imaginó en el siglo XVIII una estructura para un centro penitenciario para poder visualizar desde cualquier óptica a los presos. En su diseño ocupaba un lugar central una torre en la que yacía el vigilante observador quien mirara constantemente las habitaciones. Los ocupantes de las celdas desconocerían que estaban siendo observados y de este modo, se podría tener una real apreciación de su comportamiento. De acuerdo con el diseño de Bertham, se abaratarían los costos del sistema penitenciario dado que si la cantidad de empleados disminuiría, solo haría falta uno que desde la torre tuviera esa visión privilegiada. En tanto esta lógica, propone que se aplique el diseño a otras instituciones creyendo así que el control estaba garantizado en su invento. Sostiene que en cualquier situación en que sea necesario que la gente esté en un mismo lugar y que desarrolle su actividad será posible y ventajoso disponer de esta construcción. Si bien se aplica en algunas construcciones no quedó garantizada la excelencia de esta estructura como lo creía su diseñador.

El filósofo francés, Michel Foucault utiliza el diseño de Bentham para explicar la lógica de la sociedad capitalista en torno a la construcción de las ciudades metrópolis y la preocupación por la visibilidad y la disciplina de las personas. Para este pensador, se manifiesta la lógica del panóptico en torno al castigo y la vigilancia que operan en los individuos y los lugares de poder que ejercen el control.

Michel Foucault
(1926-1984)
Estar alerta de los comportamientos de las personas es una manera de observar qué hace cada cual en los ámbitos que frecuenta. Si en el hogar se comporta amorosamente, si en el trabajo es cumplidor de las normas y reglas, si como ciudadano respeta los buenos modales y las leyes, si está realmente cumpliendo con todos sus deberes, hay un orden posible. Si nada de esto es venerado entonces existe el castigo. Este medio, creado para intentar corregir a las personas que rompen las reglas dictadas por el poder, es la fórmula para evitar que esas mismas personas incurran en conductas castigables porque a través del castigo las personas tendrán recelo de cometer algo contrario a las normas. De esta manera, actúa sobre el cuerpo de los individuos, sus gestos, sus discursos, sus actividades, su aprendizaje, su vida cotidiana, son cuerpos dóciles  que soportan el peso de la disciplina.

Lo que está en juego para Foucault no es la seguridad ciudadana sino el poderío, quién lleva la orden, ese lugar que puede ser explicitado o no pero que, en última instancia, no puede ser amenazado. Los cuerpos dóciles preparados para el trabajo, la disciplina es lo que va a convertir a la sociedad en productiva y útil. En palabras del propio autor “las disciplinas son el conjunto de las minúsculas invenciones técnicas que han permitido hacer que crezca la magnitud útil de las multiplicidades haciendo decrecer los inconvenientes del poder que, para hacerlos justamente útiles, debe regirlas”.

La sociedad es una especie de cámara oculta que persigue los comportamientos de todos. Todos observan a todos y todos vigilan a todos. El riesgo de la rebeldía de la camarada es alto y salirse de lugar tiene su castigo. Así, todo fluye en un aparente control en pos de un bien común, la armonía y la tranquilidad de vivir seguro aunque bajo los ojos de todos.

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