Generación actor - por Anabella Castro Avelleyra

Es la tarde de un día cualquiera y el sol entra por la amplia ventana del departamento. La excusa del encuentro es una entrevista que en realidad pretende ser el registro de la charla relajada entre un grupo de amigos. Eso es lo que son Nahuel Pérez Biscayart, Martín Piroyansky y Nahuel Viale. El grabador se vuelve invisible -o parece estar allí sólo para registrar las voces de Lennon y McCartney que se pierden en el fondo- y el trío empieza a disparar sus ideas, que aunque a veces son compartidas muchas otras van por carriles casi opuestos. Como sus personalidades. Piroyansky se perfila, claramente, como el más cerebral. Habla sin dudas ni devaneos, como si las ideas formaran un sistema claro y estable en su cabeza. Pérez Biscayart parece menos consciente, como si sus palabras vinieran de un lugar lejano a poseerlo, sorprendiéndolo a sí mismo mientras sorprende: la conclusión a la que se aproxima puede asombrarlo, maravillarlo, sobrecogerlo. Viale aparenta ser el más tímido. Callado, dice poco, siempre en un tono bajo, suave y pausado, como si sólo sintiera la necesidad de hablar cuando sus amigos no dan en la clave de sus propios pensamientos.

A los 20, todo lo que hicieron sorprende –tanto en cantidad como en calidad. Nahuel Pérez Biscayart es una mágica, deliciosa y camaleónica criatura que parece haber nacido para el cine: en tan sólo un año lo vimos interpretar a los más disímiles personajes en cinco películas (El aura, Tatuado, Glue, El regreso de Peter Cascada y Cara de queso). Pero como si el celuloide no fuera espacio suficiente, también incursiona en teatro (su Myshkin, en la obra Los mansos, hipnotiza) y alterna en la tele. Lugares, estos últimos, donde se crió Martín (entre los decorados de Magazine For Fai y las tablas de la escena independiente, donde hace años descolla carcajadas de la mano del Grupo Sanguíneo). Para él el salto al cine llegó hace sólo unos meses, con el protagónico en Sofacama y la participación en Cara de queso. A Nahuel Viale lo vimos unos cuantos en Glue, durante el último BAFICI, y salimos preguntándonos quién era, cómo todavía no lo habíamos visto y cuándo volveríamos a hacerlo.

Piroyansky - Pérez Biscayart - Viale

Aquella tarde soleada, las tres promesas/realidades de la actuación nacional hablaron con nosotros del trabajo del actor y sus funciones, la relación con el público y con la crítica y otras cuantas cosas que, ahora, compartimos con ustedes.

¿Se sienten representantes de una nueva generación de actores? ¿Piensan que hay gente de su misma edad que tiene otra manera de laburar?

Martín Piroyansky: Yo no lo pensaría como “representantes”, sino como “parte de”. Somos simplemente parte de algo que nos unifica, que es compartir la generación, tener la misma edad y actuar. No es que pertenecemos a una manera y hay otros que pertenecen a otra. Por lo menos acá, nosotros tres, tenemos maneras muy distintas de trabajar, me parece.

Nahuel Pérez Biscayart: Sí, son maneras diferentes entre sí. Pero también se diferencian de otras.

Nahuel Viale: Hay pibes de nuestra edad que laburan de manera distinta, más parecida a modos más viejos.

Ustedes tienen una formación relativamente similar: todos pasaron por el taller de Nora Moseinco. ¿Creen que eso puede tener algo que ver?

M. P.: Sí, eso es gracioso, porque actuamos de maneras muy distintas pero pertenecemos a la misma escuela y hay algo que aprendimos ahí. De Nora se rescata no una forma de trabajo sino una libertad, unos procesos que no tienen que ver tanto con la técnica de cómo voy al set a trabajar. Nora funciona como una orientación para buscar tu propio método. Cada uno va y encuentra su manera.

N. P. B.: Plantea una actuación sin límites expresivos. Libertad absoluta. Esa manera de encarar el trabajo, no tener la actuación como algo tan trascendente, poder cagarse en el hecho de actuar. Después cada uno actúa de acuerdo a su naturaleza, de acuerdo a lo que cada uno se apega.

M. P.: No es que te encierra en una manera de trabajar que después te va a jugar en contra si te toca hacer cine u otra cosa. Sino que lo deja tan en tus manos que uno después, con lo que tiene, ve cómo funciona cada cosa en los diferentes ámbitos en los que va trabajando.

¿Cómo viven los distintos medios: cine, teatro, televisión?

N. P. B.: Tiene que ver con Nora también. Ver qué lugar darle a la exploración, dentro de los marcos que hay en cada ámbito de trabajo. Cómo uno dentro de ese espacio puede permitirse buscar o jugar. Uno puede adueñarse, hacer algo con eso. Capaz no en una novela, que es todos los días lo mismo, y se va convirtiendo como en un oficio. En algo de no mucho cuestionamiento, muy técnico.

La formación que vas teniendo en el laburo es distinta. Felipe Colombo trabaja con ustedes en Cara de queso, y en esa película me parece que las actuaciones de los más jóvenes van todas para un mismo lado, pero él no va para el mismo lugar, está más cerca de las actuaciones de los más grandes. Ahí hay una diferencia.

N. P. B.: Es una manera distinta.

N. V.: No está mal, es diferente.

N. P. B.: Nosotros también tenemos nuestras falencias, seguramente. Ellos seguro las resuelven mucho más fácil. Hacen una película y saben adónde ir en tal lugar porque estudiaron cosas mucho más precisas de la técnica y del método, que uno no. Yo por lo menos voy bastante por intuición. Cuando uno se pierde, se pierde mucho. No sabés por dónde agarrar.

M. P.: No tenemos una formación teórica. Pero tenemos muy fuerte la improvisación. Cosa que a la hora de trabajar se nota mucho, si una persona es capaz de improvisar o no. Poder imprimir la frescura de la improvisación.

N. P. B.: No darle un valor tan fijo al texto.

M. P.: O tener la libertad de cambiarlo. Yo muchas veces veo los textos y cambio cada palabra. Termino haciendo mi propio guión del guión que me dieron. Obvio que eso se consulta con el director, porque tampoco soy tan caradura. Pero me la paso cambiando, buscando, aflojando, tratando de apropiarme de lo que digo

N. P. B.: Está bueno poder asumir los cambios que uno puede generar. Es difícil hacer cambios, pero está bueno hacerse cargo de eso.

M. P.: Yo lo necesito, no puedo sino.

¿Hay ámbitos que te lo permiten más que otros?

N. P. B.: Tiene que ver más con el director que con el medio. Depende de si él entiende por qué hay que cambiarlo.

M. P.: Hay mucha responsabilidad de los directores en la actuación. Cuando se ve una película bien actuada nunca se piensa “che, qué bien dirigidos que están”. Que en realidad es lo que pasa, si actúan bien es porque están bien dirigidos. Está bueno cuando se da una comunicación piola entre el actor y el director, a mí es lo mejor que me puede pasar.

¿Alguna vez rechazaron una propuesta porque no hubo buena onda con el director?

M. P.: A veces podés conocer a un director y tener muy buena onda con él, pero si sabés que lo que hace no está bueno, no aceptás. Porque hay mucha responsabilidad de él también en lo que se te va a ver haciendo a vos. Entonces quedás expuesto. Porque, al final, el actor está ahí dando la cara. La exposición es tremenda. Todo el tiempo, en una película, tener la noción de que eso va a quedar. Eso a mí me da como una patada en el culo para ir a dar todo, para preocuparme el máximo posible. Cuando es tele, es tan efímero que podés darte el lujo de “hoy no tengo tantas ganas de ponerme las pilas”. Puedo relajarme con varias escenas porque tengo la noción de que pasa y no es tan recordado. Es un lindo lugar para experimentar y relajarte un poco más que en cine, con la conciencia que tenés de lo trascendente que es la película en sí misma. Queda. Eso es poco relajante para mí, pero a la vez me motiva para dar lo mejor.

¿Si hicieron algo que no les gusta les molesta más que esté en película que en televisión?

M. P.: Me desespera. La televisión tiene un alcance muchísimo mayor…

N. P. B.: Pero lo que pasó, pasó.

M. P.: Claro, pasó. Hay revancha constantemente. En cine, dentro de esa película, no hay tanta revancha. Entonces, me desespera ver una escena en una película que hice mal, me puede quitar el sueño, porque ya está.

N. P. B.: Al terminar la jornada, si sabés que hiciste algo que está bueno, te sentís re bien y si no te gustó…

N. V.: Decís “no quiero actuar más”.

N. P. B.: Es una inestabilidad narcisística, que te hace mal a vos.

¿Y en el teatro?

M. P.: La película ya la hiciste, y no estás en todas las funciones. La tele se ve una vez. En el teatro estás vos en cada función. Yo me siento expuesto con la gente que está en esa misma sala en ese momento. Ese día, durante la función, hago mal las primeras escenas y me pincho para el final y me deprimo hasta la última escena. Sé que todos estos que se van me están viendo hacer un desastre, y eso me pone mal. Porque en ese momento los estoy viendo, nos estamos mirando. Estamos todos presentes acá, no me ven por TV.

En teatro tenés una relación con el público que es inmediata: están ahí presentes y reaccionan en ese momento -o no. ¿Cómo viven eso, y cómo lo viven con la tele o el cine, que es algo más indirecto?

M. P.: Yo hice muchos años de teatro y recién ahora hago cine, y me extraña tanto que haya funciones en las que yo no estoy presente. La gente se sigue riendo y le sigue pasando lo que le pasa y yo no estoy ahí. A mí me parece súper extraño eso. Es muy interesante como fenómeno. En tele me parece que es algo más paulatino, se va viendo el crecimiento de un personaje muy de a poco, va haciendo sus recorridos. También hay un compromiso del público para con el teatro y con el cine que no se da con la tele, que está en su casa viéndola, entonces recibe de otra manera.

N. P. B.: En teatro, el que respira fuerte es tremendo. Y el que se mueve en el asiento. Yo cuando veo teatro me doy cuenta que el asiento es muy incómodo cuando la obra es mala. Cuando la paso muy bien no, no te movés, estás muy atento y te asombra lo que estás viendo.

M. P.: Igual, también pasa que hacemos obras muy distintas. El teatro que hice siempre es un teatro que, lo ideal, es que no te de tiempo a moverte en el asiento, tenés que estar ahí riéndote. Lo que él siente como el movimiento de la silla, para mí es el silencio.

N. P. B.: Es que la risa es muy de compartir, ¿no? Hay algo de aprobación también.

M. P.: En una entrevista que le hicieron a Porcel él decía que llegaba al teatro y ya veía en la cola quiénes iban a reírse y quiénes no, y a los que no durante toda la función los miraba. Es muy interesante la mirada del actor tan consciente, pero de un lugar tan salido de sí mismo, muy espectador de todo lo que está pasando.

¿Y pasa eso de localizar al público difícil, focalizarse, y tratar de actuar para él?

M. P.: No, lo contrario. Trato de no mirarlo. No tengo la seguridad que tenía Porcel, entonces miro a los que se ríen y me quedo ahí como compinche.

Y en tu caso es más complicado.

N. P. B.: Quizás al que está dormido. Por ahí miro. Es gracioso, porque cuando mirás el otro sabe, entonces cambia la postura del que mira, te hace una sonrisita como que le gusta. Por ahí el momento es tremendo, pero igual te sonríe. Actúa. El otro también entra un poco en la actuación.

M. P.: Yo no veo mucho teatro porque me estresa, me siento muy expuesto. Estás ahí, ellos son conscientes de vos como vos sos consciente de ellos.

N. P. B.: ¿Y si son amigos?

M. P.: Peor, me siento re expuesto. Entonces trato de ir poco al teatro. No puedo, no me lo banco, no sé. Me incomoda mucho. Hay una situación solemne en el teatro que cuando se evita está buenísimo y cuando existe es un bajón. Hay obras que funcionan en sí mismas y las disfruto completamente como espectador. Pero hay otras en las que sigue la solemnidad todo el tiempo, y la verdad que me incomoda.

N. P. B.: A mí me encanta cuando me puedo creer lo que me cuentan, me pone en un lugar re virgen, me siento como cuando era chico e iba al teatro.

M. P.: Hay algo que me llama la atención: cuando me dicen, “che, ví tu obra y me dieron ganas de subir al escenario y actuar con ustedes”. Eso es algo que nunca me pasó en mi vida, ir a una obra y querer estar actuando ahí con ellos. Como que me pongo tan en público que no me dan ganas de subirme al escenario a actuar. Lo disfruto y si actúan bien estoy re contento, me siento tan bien como espectador que puedo estar tranquilo.

N. P. B.: A mí me pasa al revés, si lo que estoy viendo me parece una mierda y una falta de respeto, ahí me dan ganas de ir con la espalda gigante, enojado, y actuar.

 
         

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