Mientras la historia oficial se encarga de que traidores y asesinos sean recordados en manuales escolares, calles y monumentos intentan silenciar las voces de los verdaderos héroes de nuestra patria. Pero inagotables focos de resistencia luchan porque esas voces nunca dejen de escucharse. La reciente reedición de Los que luchan y los que lloran, de Jorge Ricardo Masetti, demuestra que, por mucho que lo intenten, hay voces que nunca van a callarse y sueños que jamás van a morir.
Un joven periodista argentino, de tan sólo 28 años, llega a Cuba durante la Revolución. El avión lo deja en el aeropuerto de La Habana con unas pocas convicciones; plagado de intrigas: “Confieso que salí de Buenos Aires lleno de dudas. Mi opinión sobre Batista estaba formada, por supuesto. Pero había que averiguar quiénes eran los que trataban de voltearlo y a qué intereses respondían”. Para descubrirlo, se veía obligado a emprender una peligrosa travesía hasta Sierra Maestra, donde pensaba entrevistar a Fidel Castro y el Che Guevara, los líderes de una Revolución de la que él aún no sabía demasiado.
Asumiría a lo largo de su viaje distintas identidades, se disfrazaría, cambiaría de acompañantes, se pondría un cigarro en los labios cuando los guardias detuvieran el auto en el que viajaba, para evitar estratégicamente ser delatado por ese acento porteño que compartía con Guevara. Pasaría hambre y frío. Pero de esa manera también conocería las miserias y los anhelos del pueblo por el cual se estaba librando la Revolución. Aprehendería de ellos el tenor de los estragos del gobierno de Batista y la importancia de la Revolución que se le oponía. Él, casi retribuyéndoles el favor, daría a conocer a ese pueblo la voz de sus líderes revolucionarios.
Fue el primero en entrevistar a Fidel y al Che, en medio de explosiones de metralletas. Sus entrevistas llegaron no sólo a todo el pueblo cubano, sino a vastos sectores de Latinoamérica, que por primera vez conocían información de primera mano, sin censura y sin difamación, del proceso revolucionario que se estaba librando en Cuba. De vuelta en La Habana, pudo comprobar que si bien todo Cuba y gran parte de América Latina había escuchado sus entrevistas –razón por la cual ahora era fervientemente buscado por el gobierno de Batista, que recientemente había asesinado a otro periodista extranjero- éstas no habían llegado a Radio El Mundo, en Buenos Aires, dónde él trabajaba. Así que hizo lo imposible una vez más, y volvió a subir a Sierra Maestra para hacer las entrevistas nuevamente. Esta vez decidió no separarse de las cintas hasta llegar a Buenos Aires. |
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Mientras emprendía el viaje de regreso, ya a salvo en el avión, no fue calma, como esperaba, lo que sintió: “Estaba sentado en el avión que ya carreteaba rumbo a Buenos Aires y todavía sentía en las sienes el bullir de la sangre. Lo que parecía imposible, al intentarlo no lo fue (…) La Habana fue quedando abajo, atrás, pequeña, con sus rascacielos y su cimbreante malecón. Creí que una vez fuera de ella, sin policías secretos, ni chivatos ni agentes del FBI debajo de las alfombras, me sentiría alegre, satisfecho. Pero no era así. Me encontré dentro de mí con una extraña, indefinible sensación de que desertaba… (…) de que retornaba al mundo de los que lloran…”.
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“Que su nombre siga siendo casi tan ignorado en su país como el pedazo de selva que esconde sus huesos, era previsible para Jorge Masetti. Periodista, sabía cómo se construyen renombres y se tejen olvidos. Guerrillero, pudo presumir que si era derrotado, el enemigo sería el dueño momentáneo de su historia.” Así comienza Rodolfo Walsh el prólogo a la edición de 1969 de Los que luchan y los que lloran, el libro en el que Masetti deja constancia de su encuentro con Fidel y el Che en Sierra Maestra.
Publicado por primera vez en 1958, Los que luchan y los que lloran tiene como referente nacional más importante a Operación masacre (1957), de Rodolfo Walsh –con quien iba a trabajar en Prensa Latina-. Crónica periodística de alta calidad literaria, Los que luchan… se diferencia de Operación… en que Masetti narra su experiencia en primera persona, y a través de sus ojos vemos la realidad de la Cuba revolucionaria, mientras que Walsh decide borrarse de la narración y contar la historia a través de sus personajes. En este sentido, el libro de Masetti se acerca a Los ejércitos de la noche (1968), de Norman Mailer, aunque ambas obras sean incomparables en términos de compromiso político y claridad ideológica. La nueva edición del libro se completa con textos políticos, periodísticos y de ficción de Masetti, que sirven como complemento para intentar comprender a una de las figuras más importantes del periodismo nacional, que la historia oficial se ha encargado de ocultar tras una nube de polvo. |
Poco después de la experiencia en Sierra Maestra, que habría de cambiarlo para siempre, cuando la Revolución había vencido, Jorge Ricardo Masetti fue llamado para organizar y dirigir Prensa Latina, una agencia de noticias pensada para contrarrestar el efecto de la información emitida por las grandes agencias internacionales, que distorsionaban los hechos. “La idea de crear una agencia latinoamericana no es por cierto original. Como no lo es tampoco, la idea de liberar a los pueblos latinoamericanos del imperialismo que los oprime. Nosotros, que sufrimos el monopolio de las noticias, de la información, de la opinión pública que creaban las agencias yanquis, o el de la no información, el ocultamiento y la distorsión, sentimos también la necesidad de crear una agencia noticiosa (…) Nacimos en Cuba, porque en Cuba nació la revolución de Latinoamérica, y nosotros tenemos la misión de hacer la revolución en el periodismo de Latinoamérica.”
Como muchos intelectuales comprometidos, Masetti sintió que había llegado la hora de elegir entre el mundo de los que luchan o el de los que lloran. Y limitarse sencillamente a escribir era lo mismo que llorar; para luchar había que tomar las armas y extender la revolución al resto de Latinoamérica. Con ese ideal se adentró en la selva salteña, junto al Ejército Guerrillero del Pueblo, con el afán de conseguir para su patria el sueño que había visto convertirse en realidad en Cuba. A principios de 1964 ya estaban cercados.
Tan sólo seis años habían pasado desde su primera visita a Cuba, en busca de respuestas a sus múltiples preguntas. Ahora, pleno de respuestas, Masetti desaparecía entre la selva salteña, para nunca más volver a aparecer. No fue derrotado por el enemigo, porque como él mismo decía: “Ningún revolucionario termina, sin prolongarse en su lucha y en su ejemplo. Su grito jamás se apaga, sin que encuentre el eco de mil gargantas jóvenes que lo renueven. Su sangre jamás se coagula, sin que la asimile la tierra por la cual la derramó. Esa es su única, íntima y reconfortante recompensa.”
Si la historia oficial quiere ocultar el nombre y el ejemplo de personas como Jorge Ricardo Masetti, está en cada uno de nosotros, y en nuestra labor diaria, el prolongar su lucha, asimilar su sangre y renovar su grito. |
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