"Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos". Émile Michel Cioran

Año III - Nro. 29 - Julio 2008
      

Un mundo siempre pequeño

 

Nature publicó en junio un estudio en el que afirmó que la vida de las personas trascurre en un radio de 16 kilómetros. Desde esa conclusión repasamos nuestras prácticas para buscar sustento a la investigación, cuestionando nociones que parecen inamovibles, como globalización.

 

Era una voz rasposa, grave. De mujer que dejó el cigarrillo, o que acumuló años de experiencia catando whiskeys en locales nocturnos. Pero era “esa” voz rasposa, esa que yo conocía, la que gritaba despreocupada en su celular y en mi oído.

Cuando levanté la vista y giré la cabeza la vi, alejándose. Atravesaba el vagón del tren en diagonal. Luego volvió, gritó de nuevo en mi oído, tuvo una pausa y siguió caminando hacia el siguiente vagón en busca de un asiento. Nunca pareció reconocerme, o tal vez sólo lo simuló muy bien.

Calle Florida

Ex novias, amantes, amigos, compañeros del primario, conocidos, etc. Eso puede ser un rutinario regreso a casa en un tren suburbano, u otro medio de transporte, o un auténtico viaje en el tiempo. Aunque vivimos en grandes ciudades, al menos en mi caso Buenos Aires con casi 13 millones de habitantes en 3880 km2, y dentro de un planeta que es cada vez más global. Solemos toparnos con gente conocida diariamente, y eso ahora, según parece, tiene su explicación científica.

Nuestro pequeño mundo

La revista Nature publicó en su portada de junio una investigación, realizada por miembros de la Universidad Northeastern de Boston, en la que se concluyó que la mayoría de la población -tres cuartas partes- desarrolla su vida en un radio no mayor de 16 kilómetros.

El trabajo titulado “Entendiendo los patrones de movilidad individual de los humanos” sostiene que el 67% del tiempo las personas lo pasan en ese espacio acotado, y que sólo el 2% de la población viaja semanalmente a otras localidades. Los investigadores destacan que las trayectorias humanas siguen un patrón simple sin tener en cuenta el tiempo y la distancia. El hogar y el trabajo son las dos terminales de ese recorrido no lineal.

Los resultados obtenidos, anuncian los investigadores, pueden ser de gran utilidad para prevenir epidemias, coordinar situaciones de emergencias o planificar el desarrollo de las ciudades. Para llegar a estas conclusiones se estudiaron durante seis meses las trayectorias de 100 mil teléfonos celulares, elegidos al azar entre más de 6 millones de usuarios. Los investigadores no quisieron revelar a que ciudad pertenecía esta información, ni cómo o de que empresa la obtuvieron.

Pese a los resultados y sus buenas intenciones, la forma en que se consiguieron los datos utilizados generó cierto debate. De hecho, esta cuestión figura de un modo similar en este número de Alrededores de la mano de Xavier “la-conspiración-es-infinita” Ibarreche. El tema es grave ya que afecta la privacidad, eso no se discute, sin embargo lo que más me llamó la atención es la conclusión que arroja el trabajo.

Un mundo pequeño - Revista Alrededores

La tecnología acerca, lo cercano

Hoy en día está naturalizada la idea de la globalización, de la aldea global. Desde ese paradigma donde lo privado se devora a lo público muchas cosas se han venido construyendo en el último tiempo, pero ese no es el tema de esta nota. Frente a esta idea de mundialización sin límites, de un mundo al alcance de la mano -o de un click- porque conocemos desde la Torre Eiffel hasta el Taj Mahal, aunque sea por tele o por fotos; el anuncio de que las personas viven sus vidas en apenas 16 kilómetros a la redonda tiene otro sentido ¿En que fantasía vivimos?

Uno de los espacios donde muchos de nosotros pasamos nuestra vida es en el ciberespacio, donde nos encontramos ahora. Allí también, esos 16 kilómetros se pueden ver con claridad. Visitamos los sitios de las marcas que conocemos del mundo real, firmamos los flogs de conocidos o leemos los blogs de nuestros amigos.

Facebook es el mejor ejemplo. Esta red social nos permite ponernos en contacto con millones de personas de todo el mundo. Sumarlos a nuestros amigos, compartir experiencias con ellos, etc. Sin embargo, en nuestros usos, nos empeñamos en buscar compañeros de primaria, del trabajo, del secundario, del club, del boliche, de teatro, de danza, del barrio, bah, la gente que ya conocemos.

Las posibilidades técnicas son unas, pero los usos que hacemos de ellas son otros. Aunque excepcionalmente se pueda chatear con un sueco o hacerse amigo de un nepalés, evidentemente las relaciones reales son las que guían a las virtuales.

Del trabajo al casa, de casa al (mismo) boliche

Los resultados de la investigación revelan una fuerte tendencia a volver a los lugares que visitamos previamente. Nuestras rutinarias existencias nos ponen habitualmente en los mismos lugares, en los mismos horarios de siempre. Repetimos internos de colectivos, choques del subte, vagones del tren. Bar Kilkenny - Buenos Aires

El vendedor ambulante de siempre, el compañero de asiento, el portero, el patovica. Es que también la rutina nos da la tranquilidadde saber que nada cambia. Si es que eso puede tranquilizar al alguien.

Estamos siempre en los mismos círculos. Frecuentamos nuestro bar, nos movemos en nuestro barrio, compramos en nuestros negocios, bailamos en nuestro boliche. Difícilmente estemos una tarde en el Jockey Club fumando puros y la siguiente en Villa 31 jugando un picado de fútbol. Y obvio que es obvio lo que digo. Pero no creo que lo pensemos tanto. Creemos que conocemos el mundo, porque así se dice y porque alguna vez algo vimos, pero vivimos en el corral en el que nacimos y salir de él no es lo más frecuente.

La ideología, otro gran tema que no vamos a profundizar acá, es la que nos pone reiteradamente en las mismas circunstancias. Son nuestras practicas que sólo pueden ser de esa manera, en esos 16 kilómetros -o los que sean, está claro ya que el número es lo de menos-. Quizás por eso nos cueste tanto ponernos en el lugar del otro, entender que existen otras formas de mirar las cosas, con motivos propios pero distintos a los nuestros.

Es que como decía Jean Paul Sartre “El hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Desde ese pequeño margen podemos movernos y buscar grietas. Pero para eso tenemos que querer pensarnos. Cambiaron las maneras de comunicarse, el comercio, los flujos financieros, etc., pero no sé si la existencia también lo hizo tanto ¿Estamos tan globalizados como dicen? ¿O simplemente suena más lindo?, con todo lo que implica.

 

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