Tiempo y espacio - por Anabella Castro Avelleyra

Algunas personas nos enamoramos con más facilidad que otras. Y no hablo estrictamente del amor hombre-mujer. Los que nos enamoramos todo el tiempo lo hacemos, alternativamente, de un libro, una mascota, una canción, una esquina, un bar, una plaza, un árbol, una hora del día, una estación del año o una película. De estas últimas, a mí -enamoradiza particular- me gustan muchas, pero enamorarme lo he hecho de una sola -y, posteriormente, de su secuela-.

Las películas que nos enamoran tienen varias particularidades: se nos meten por los poros, nos corren por la sangre, se nos cuelan en los huesos; se vuelven parte de lo que somos: nos forman y nos transforman. Nos confundimos con ellas hasta el punto de no saber ya que es lo que de ellas hay en nosotros y lo que de nosotros hay en ellas. Las amamos el 99% del tiempo; las odiamos el 1% restante, culpándolas de habernos hecho más débiles, más vulnerables, más idealistas, más complicados. Acabamos por perdonarlas, porque sabemos que en el fondo ellas no tienen la culpa de nada: sólo son más perfectas que la realidad que nos toca vivir.

La gente que jamás se enamoró de una película, claro, no lograr terminar de comprendernos (a nosotros, enamoradizos perdidos). Esa es la gente que tampoco supo enamorarse de una taza de café, la brisa de una mañana o el cosquilleo de la arena besando la planta del pie. Por lo tanto no nos preocupa que no nos comprenda, sino que nos genera una pena inmensa por los pequeños detalles que le dan belleza a este viaje de la existencia y que ellos se están perdiendo preocupados porque el tren llegue a un destino y sin tomarse el tiempo para mirar por la ventanilla.

Esto del tren, el destino y la ventanilla me devuelve a la cuestión de mi película: Antes del amanecer. Se estrenó en 1995, cuando yo tenía 15 años (una edad perfecta para echarlo todo a perder). Fue amor a primera vista. Salí del cine extasiada. Enamorada de Jesse, de las conversaciones, de la música, de los poemas, de Viena, de los discos que se escuchan en una vieja cabina, de los trenes, de los tranvías, de las calles llenas de gente, de las calles vacías, de los barcos, de los cementerios, de los parques de diversiones, de las plazas, de los bares, de los cafés. Volví otra vez, y me enamoré de nuevo. Volví una tercera. Y una cuarta. El video potenció el enamoramiento. Y después llegó la era del DVD.

El final daba pie a una segunda parte, que no llegaba. Pasaron los años. Nueve, para ser más precisos. Y llegó. El reencuentro más esperado de mi vida: el de Jesse y Celine, el mío con ellos. La magia nuevamente en la pantalla, saliéndose de ella y metiéndoseme debajo de la piel. Era como si el tiempo no hubiera pasado y, de todos modos, era claro que lo había hecho. Jesse y Celine ya no eran los mismos: habían crecido, les habían pasado cosas (como a mí). Pero seguían estando compuestos de la misma esencia, eran las mismas personas, como si en realidad nada de lo que les hubiera pasado hubiera sido tan fuerte como para aniquilar lo que los convertía en ellos mismos (como a mí).

Pocas películas ejercen el hechizo de Antes del amanecer y Antes del atardecer –si es que alguna otra lo hace. Pero además, se trata de dos películas perfectamente realizadas -por eso, tal vez, logran el encantamiento. Richard Linklater trabaja con dedicación la cuestión del tiempo, presente ya en la primera y agudizada en la segunda. En Antes del amanecer Jesse y Celine tienen menos de un día para estar juntos, y ese día lo vemos nosotros en dos horas. En Antes del atardecer el tiempo los apremia aún más, cuentan sólo con unos minutos -80-, que nosotros vivimos junto a ellos, en tiempo real.

Pero el tema del tiempo se esparce por toda la película: la idea de Jesse sobre los documentales en tiempo real, 24 horas en la vida de 365 personas a lo largo de un año en Antes del amanecer y la de la condensación de toda una vida en el tiempo que dura una canción pop en Antes del atardecer. Celine creyendo que es una vieja y que su vida en realidad son los recuerdos que tiene en su lecho de muerte, Jesse pensando que es un niño tomando apuntes para cuando tenga que vivir de verdad, la muerte de la abuela de Celine ese 16 de diciembre en que debían reencontrarse, ambos viviendo en la misma cuidad en el mismo momento; siempre el tiempo. El mismo tiempo que los forzó a separarse aquella primera vez en el andén de una estación de trenes y que ahora -más viejos y más sabios- parece apremiarlos en un principio y parecen haber aprendido a manejar sobre el final. “No dejes que el Tiempo te engañe / no puedes conquistar al Tiempo” recitaba Jesse en Antes del amanecer, imitando a Dylan Thomas que citaba a W. H. Auden. Nueve años después, en el bohemio monoambiente de Celine, con Nina Simone de fondo, Jesse recostado en el sofá y ella bailando, parecen haberlo conseguido: engañaron al tiempo, y finalmente lo conquistaron.

- Nene, vas a perder ese avión.

- Lo sé.

El final de Antes del atardecer es, a mi juicio -recuérdenme siempre como una mujer enamorada-, el mejor de la historia del cine. Y remite a la escena inicial de la película. En la conferencia de prensa de presentación de su libro This Time ( Esta vez o, más literalmente, Este tiempo), a Jesse le preguntan que pasó después de que la pareja se separó en la estación de trenes, si se volvieron a encontrar o no. Él dice que la respuesta depende de “si eres cínico o romántico”. El final de esta segunda parte es abierto. Lo que imagine cada uno que pase después de esa frase final va a depender, justamente, de si aquel que mira es cínico o romántico. Para mí el final, en realidad, no es abierto. Me resultaría imposible tratar de imaginar siquiera un final que no sea aquel que mi cabeza se hizo automáticamente.

Porque YO SÉ lo que pasó después del té y de Celine contoneándose imitando a la Simone. Lo sé como si hubiera estado ahí. Lo sé, tal vez, porque estuve ahí. Porque por un instante pude conquistar no sólo al tiempo, sino también al espacio. Y porque creer en Jesse y Celine, esos personajes -que son personas ya- de los que uno se enamoró, lo hacen creer a uno en que, a la vuelta de la esquina, hay una historia maravillosa esperándolo. Y uno se va a enamorar de esa historia, de ese aire, de ese árbol, de ese bar, de ese café, de ese hombre… en esa esquina. Y sino es en esa, será en la siguiente. Conquistando, claro está, el tiempo -y el espacio.

volver a portada

Todos los contenidos están para ser reproducidos, total o parcialmente. A cambio sólo pedimos citar la fuente y recomendar el sitio.