Cada tanto el cine nos regala personajes entrañables,que generalmente forman parte de esas películas que saben abrirse paso hacia nuestro corazón. El Seba, de 25 watts, es uno de ellos.
Pero el que llega a nuestro encuentro un soleado jueves de septiembre no es el Seba, sino Alfonso Tort, el padre de la criatura, el actor que no sólo supo calzarse ese disfraz sino también el de detenido en la Mansión Seré en Crónica de una fuga o el del cibernauta sorprendido por la aparición de Carlitos Balá en una publicidad de Speedy.
Distendido, fluido, simpático, Tort nos habla de sus experiencias en cine y teatro, de su breve incursión en la televisión, de su pasado como futbolista, de su relación con la publicidad y de cómo, tras recorrer un arduo camino, hoy empieza a tener claro exactamente qué es lo que quiere hacer.
¿Cómo fue tu acercamiento al cine y a la actuación?
Empecé a estudiar teatro en Uruguay, en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Era socio de Cinemateca, iba mucho, y me gustaba más la actuación en cine que en teatro. Mi cuñado era amigo de Fernando Epstein (productor de 25 watts) y un día, a los dos años de estar estudiando, fue a mi casa. Yo estaba mirando Beavis & Butthead y me dijo si no quería hacer un casting para una película. Le dije que sí. Fui a hacer el casting y quedé. Tenía 21 años.
¿Habías hecho teatro antes?
No, debuté con eso. Yo digo que soy más jugador de fútbol que actor, porque jugué profesionalmente hasta los 19 años en un equipo de Uruguay que se llama Huracán Buceo. Ahí terminé mi carrera futbolística. Tenía que elegir: seguir jugando al fútbol o estudiar. Y yo quería estudiar. Ya me había anotado en medicina, en psicomotricidad. Entonces dejé el fútbol y me dediqué a la medicina. Y me acuerdo que mi madre me dijo si no tenía ganas de estudiar teatro. |
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¡Qué raro! Generalmente pasa al revés, que vos quieras estudiar teatro y tu vieja te mande a estudiar medicina.
Muy raro. No sé por qué además. Ella me dijo “¿por qué no estudiás teatro? A vos que tanto te gusta”, ¡y yo fui al teatro cuatro veces en mi vida! Me acuerdo que había hecho una obra de chiquito, en la escuela, y había quedado muy contento. Me interesó, y me anoté en la Escuela Municipal. Enseguida me entusiasmé y al año ya sabía que quería dedicarme a ser actor. Ya había descartado la idea de ser futbolista, y tras un año en psicomotricidad que también lo descarté, dije “me quiero dedicar a la actuación”. Y al año salió lo de 25 watts.
Cuando vos decidiste que querías ser actor, ¿cómo era el panorama del cine en Uruguay?
No existía. Era más una fantasía, de ir a ver cine a Cinemateca y coparte con los actores y las actrices. Porque en sí no hay actores o actrices de cine uruguayos como referentes, o hay pocos. Yo en ese momento no tenía, y ahora no sé si tengo. Y tampoco había tanto cine uruguayo para inspirarse o tener como referencia.
¿Es una decisión obligada para los actores uruguayos cruzar el charco?
No sé. En mi caso se mezclaba lo personal con lo artístico. Hoy, que ya hace casi cuatro años que estoy acá, lo entiendo así. Era una búsqueda personal y una búsqueda artística. Buenos Aires tiene más puertas, más oportunidades, el techo no es tan bajo, puedo conocer más gente. Recién este año empiezo a estudiar. También mi búsqueda artística me llevó bastante tiempo, empezar a darme cuenta qué es lo que me gusta realmente como actor, qué es lo que quiero estudiar y con quién.
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¿Qué estás estudiando?
Como actor estoy estudiando danza, música y dentro de poco voy a empezar a trabajar la voz. Me costó cuatro años empezar a ver cuáles son los pares artísticos. Además ahora estoy más conciente de con quién quiero trabajar y con quién no, o qué es lo que quiero trabajar y qué no. Cuando apenas llegué me metí en la vorágine de hacer de todo, ahora por lo menos ya entiendo por qué lo hago. Si hago un comercial es porque sé que necesito la plata para comer y que esa plata, a su vez, me va a servir para estudiar con tal persona que quiero estudiar. |
Eso también tiene que ver con una maduración propia de la edad.
Claro. Además yo era muy joven en lo artístico. En su momento era probar todo. Ahora el gusto se me va afinando: qué cine me gusta ver, qué tipo de teatro, qué tipo de actor quiero ser… quizás cuatro años atrás no tenía ni idea. Eso como actor me parece que es fundamental.
Y en esos cuatro años, además de ir laburando interiormente todo eso, ¿qué otras cosas hiciste?
He hecho de todo. Seguí haciendo cine. Trabajé en dos películas. Una independiente, Capital (todo el mundo va a Buenos Aires), con Augusto González Polo. Ese proyecto a mí me costó mucho pero hoy en día digo “así es cómo me gusta laburar”. Fue muy independiente, incluso más independiente que 25 watts, porque realmente no había plata. Se filmó en tres meses, se hacía sólo los fines de semana. Fue un proceso largo. Desde el casting hasta llegar a filmar pasaron como dos años. También trabajé en otra película, con Caetano, Crónica de una fuga . Yo ya había trabajado con él en Montevideo, en un unitario que se llamó Uruguayos campeones .
Antes de eso hiciste otra película, una coproducción con España, Corazón de fuego.
Esa la hice viviendo en Uruguay, al año de haber terminado 25 watts. Una película muy fea, que a mí no me gusta nada. Tiene que ver con eso que te decía antes, de no saber por qué trabajar. Eso es lo que me costó tiempo aprender, que uno tampoco le dice que sí a todo. Cuando leí el guión me pareció una porquería, y al final lo terminé haciendo. Me dejé llevar por esa inconsciencia de decir “otra película más, qué bueno”. Después entendí que no, que como actor tenés que tomar una decisión, tener un criterio de gusto. Vas a dar un mensaje a alguien. Eso es muy importante. Tiene que ser importante para vos primero.
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Laburaste en cortos también, ¿no?
Hice varios cortos. Uno con Augusto González Polo, que se llama Mañana. Otro con Gustavo Riet, que es un uruguayo que ganó hace poco en Cannes con su corto, que se llama Ge y Zeta. Era muy loco, porque en Cannes de este año estaban Crónica de una fuga y Ge y Zeta. Estaba yo en los dos y además con una temática muy similar. Ge y Zeta habla de la relación que hay entre un carcelero y un preso. Es un vínculo, un intercambio. El carcelero no sabe leer ni escribir, y como sabe que el preso es poeta le pide que le escriba un cuento para su hija que cumple años. Y a partir de ahí se genera un vínculo. El poeta acepta a cambio de comida. Yo soy el carcelero. Este corto ganó el premio Foundation. Creo que compitió con mil cortos de todo el mundo. El jurado era Tim Burton, y le dijo a Gustavo “qué bueno tu corto”. También un corto que se hizo sin plata y nunca se pensó que iba a llegar a Cannes.
Teatro también hiciste acá.
Sí. Hice dos obras. Una apenas llegué, en un teatro que había al lado de mi casa. Y otra con Leo Masliah, que se llamaba Bulimia y se había hecho en Montevideo. |
¿Y televisión?
Hice una participación en Doble vida. Trabajaba Moria Casán. Era horrible: tenía una viejita que lo único que hacía era sacarle y ponerle los zapatos. Era muy siniestro. Ella se sentaba y venía la viejita y le cambiaba los zapatos. Todavía no entiendo bien la tele. Así como me pasaba con la publicidad hace un tiempo, que iba a un casting y me ponía mal porque decía “la publicidad es lo peor de esta tierra”. Hasta que entendí que sí, que es lo peor de la tierra, pero que mi fin artístico no está puesto ahí sino en otro lado, y no por eso transo ni nada, sino que la publicidad es ganar plata rápido, que a mí me sirve para otra cosa. Mi fin y mi energía y mi forma de pensar artística está puesta en otro lado y no ahí. Ahí soy un mero objeto de la publicidad, tengo que poner cara linda o decir “sí”, “no”, y no mucho más. Tampoco le veo un fin artístico a la publicidad, porque no lo tiene. Con la tele me pasa eso, todavía no le encuentro el lado artístico, me aburro mucho. No puedo aportar nada. No estoy cómodo porque siento que no puedo plasmar algo. Todavía no entiendo el medio.
En todo este tiempo, además de como actor, ¿laburaste de otras cosas?
Sí. He hecho juguetes de madera, porque mis viejos son artesanos. A mí el fútbol me daba un cierto dinero por mes que, si bien vivía con mis viejos, me servía para tener plata mía, ser más independiente. Cuando dejé el fútbol no tenía más esa guita y mi viejo me dijo “si querés podés unirte al taller”. Ahí fue cuando empecé a hacer juguetes con ellos. Seguí haciéndolos hasta hace dos años, o sea que hice juguetes durante casi siete años. Cuando estaba acá seguí haciéndolos pero después me costó mucho comercializarlos. Además pasé a producir todo yo solo. En Uruguay diseñaba mi padre, viviendo acá empecé a diseñar yo. Por dos años me dio algo de comer, pero lo tuve que dejar porque no podía hacer todo solo. Después trabajé de cadete en un estudio jurídico durante tres años. Lo dejé este año. Iba tres veces por semana, cuatro horas. Lo bueno era que me permitía seguirme dedicando a la actuación y tenía un sueldo fijo. Era poco, pero con la ayuda de la actuación, si me salía algo, iba juntando un sueldito. Es todo parte de lo que estábamos hablando, de seguir madurando y decidiendo que lo tuyo es una sola cosa. En algún momento te tirás al río y decís “no me importa más nada, yo me dedico a esto solo y es por acá”. Una vez que decidís que vos estudiaste tal cosa y tu decisión fue hacer eso, empezás a entender más el contexto. Yo sé igual que es difícil decidirse y decir “yo me dedico sólo a la danza, o a ser actor”. Es pasar a una bohemia y una inseguridad que no es normal. El que se dedica a algo artístico sabe que es así: un mes cobraste plata y al otro volvés a hacer juguetes de madera.
En cuanto a proyectos, estás trabajando en tu primer corto.
Lo estoy escribiendo. Es una historia que me contó mi padre y me la imaginé tanto -y tan cinematográficamente- que me puse a escribirla. Ya está prácticamente terminado el guión. Cuenta una historia que está basada en un hecho real, que le pasó a él. Un domingo, cuando él tenía 8 años y mi abuela 35, ella lo viste muy elegantemente y se lo lleva. Viajan en ómnibus de un barrio a otro en Montevideo y llegan a una casa en el campo, bastante alejada. Entonces mi abuela golpea las manos y aparece una viejita que se va acercando. Les pregunta qué desean. Mi abuela le dice si se puede acercar, que le tiene que hacer una pregunta. La señora se acerca un poco más y mi abuela le dice si se acuerda de ella. La mujer se queda mirándola un rato y hace con la cabeza el gesto de no. Mi abuela le dice “yo soy Isaura, tu hija”. El corto está basado en eso. Es de un gran suspenso, porque no sabés qué le pasa a esa mujer hasta que llega al encuentro con su madre.
Tenés algún proyecto como actor?
Sí. Voy a hacer Berenice, de Racine. La va a dirigir Silvio Lang. Recién es para el año que viene. Son los procesos que estoy queriendo tener últimamente, en el teatro sobre todo. Empezamos a ensayar en noviembre. |
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