La tensión se respira en la atmósfera. Alguien va a morir y lo sabemos. Un haz de luz intenso, blanco, ilumina hasta enceguecer a un rostro espectral. Es la cara de la muerte. El gesto de aquel que sabe que va a morir. El rictus de quien admite que esa noche es la final. La serenidad pausada de quien elige el suicidio por no soportar la plena consciencia de la mortalidad.
La sombra es un otro que avala la decisión. Que multiplica el padecimiento. Y que sabe que tampoco sobrevivirá.
Una tormenta de pastillas. La consciencia de la muerte. El temor de la muerte. Y, finalmente, la muerte como única salida.
Un terror cíclico. Indistintamente aumentado y disminuido por un coctail de medicamentos.
Las 4.48. Fin del efecto. Vuelta a la realidad. Enfrentar en soledad los propios miedos. El terror mira a la cara y es difícil sostenerle la mirada. Todo se termina. Baja la escotilla. Un paso más y el terror se disuelve. O se abre paso hacia lo eterno.
4.48 psicosis fue el último trabajo de la dramaturga inglesa Sarah Kane, finalizado poco antes de su suicidio en 1999 (se ahorcó, una imagen recurrente en la obra) y estrenado un año después de su muerte. En esa primera puesta se trabajaba con tres actores, pero en esta ocasión Luciano Cáceres optó por el monólogo de una precisa, oscura, punzante y desgarradora Leonor Manso.
| La acción se desarrolla en un ámbito despojado. La actriz está sentada en una silla elevada (¿se la está juzgando? ¿está siendo expuesta? ¿interrogada? ¿condenada? ¿se trata de una especie de silla eléctrica?). Sus movimientos se reducen a lo elemental, una tensión rígida erige su cuerpo. El rostro por momentos permanece impávido, y por otros refleja perturbación, dolor, terror, tristeza, angustia: el deseo de morir, el terror de dejar de vivir, la insoportable angustia de seguir viviendo. |
 |
Las palabras, aunque parezca contradictorio, fluyen y pesan: se deslizan con el tenor de una verdad que grita para ser escuchada, de un secreto a voces. Dicen lo que nadie desea oír, se abren paso a machetazos, golpean violentamente las puertas de nuestro alma. Exigen ser escuchadas. Nos azotan, violentas. Cortan como cuchillos las reflexiones de quien decide que es imposible continuar con la farsa de la vida. De quien en sus momentos finales denuncia a una sociedad y un sistema médico que no comprende que hay problemas imposibles de solucionar con una pastilla. Lo más profundo del dolor, de la frustración, del terror. Verle la cara a la muerte y enfrentarla.
La iluminación cumple un papel fundamental en la puesta. Una luz directa y concentrada que varía su intensidad de acuerdo al momento del relato, que dibuja y desdibuja multiplicidad de sombras: otras caras de la esquizofrenia, de la soledad, del temor y de la muerte.
No es sencillo ver 4.48 psicosis. Hay que atreverse a entrar en contacto con esos demonios que a todos nos visitan. A preguntarse por el significado de la vida. A asomarse a un oscuro abismo. A arriesgarse a no salir ileso. |