Rubio platino pestañas postizas boquitas pintadas. Tops con lentejuelas uñas coloradas alfombras de piel. Dos minas. Una noche. Un encuentro. Una tensión que sólo podría ser creada y comprendida por dos mujeres.
Minimalismo bien entendido. Tan sólo una tarima cubierta de piel blanca y un pequeño álbum de fotos acompaña a estas dos minas en su charla. Todo sucede en ellas. O, más precisamente, en sus rostros, en sus palabras y en sus silencios, ya que sus cuerpos permanecen casi inmóviles durante toda la puesta. Es en la acidez y el doble sentido de sus diálogos, en los celos que se palpan en el aire, en aquello que alguna vez las unió y hoy las separa donde se juega la obra.
Las conocemos de a poco a estas dos minas. Se abren a nosotros lentamente. La curva que crea Alejandro Catalán es sumamente inteligente: al principio la historia puede abrirse hacia cualquier aventura y de repente ¡paf!, la realidad nos sorprende con la violencia de una bofetada.
El telón cae (sí, no sube, no se abre, ¡sino que cae! – maravillosa elección) y vemos a dos Marilyns del subdesarrollo tendidas sobre una piel blanca. En sus voces y en sus cuerpos se lee un desgano, una pachorra indecible: es imposible abandonar la alfombra, la pasividad física, la neutralidad del no movimiento. Ya sabemos que no van a salir esta noche, pero aún no sospechamos cuáles son los hilos que se mueven entre ellas. ¿Cuál es la relación que las une? ¿Qué las llevó a estar juntas esa noche, sobre ese alfombrado? |
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Trabajaban en “la galería” hasta que un golpe de suerte se encargó de arrancar a una de ellas de esas negras fauces para ubicarla en una espaciosa casa de Olivos, con pileta, jardín y jardinero. Y es en esa casa donde está esa blanca alfombra que será testigo de esa sutil y solapada guerra de miradas que queman como fuego, palabras que punzan como agujas y silencios que congelan como hielo, de la que sólo dos minas como éstas (o como tantas otras) podrían ser artífices.
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En una puesta como esta, el mayor peso recae sobre las actrices que se cargan la obra sobre sus hombros. La hipergestualidad de Cecilia Blanco y Valeria Lois (brillante como siempre) le viene como anillo al dedo a Dos minas , una obra donde el rostro es el principal medio de transmisión de la tensión dramática. Ambas comparten una marcada capacidad para acompañar los cambios de humor de sus personajes: pueden pasar de la pasividad del hastío al descontrol del llanto con naturalidad orgánica. |
os minas nos habla a nosotras y de nosotras, con sagacidad, precisión y sentido del humor. Mujeres: vayan para verse un poco reflejadas. Hombres: aprovechen para conocer el funcionamiento de la psiquis femenina. Mientas tanto nosotras esperamos el estreno de Dos tipos , a ver si algún día terminamos de entenderlos. |