Cuatro hermanas se mudan a una casa arruinada del interior, lo único que conservan de su antigua y esplendorosa vida como hacendadas. Esa casa y su ilustre apellido, del que se jactan compartir con el nombre de una calle de Buenos Aires.
No conformes con su situación presente -ya no tienen dinero y detestan vivir rodeadas de campesinos- sólo piensan en la manera de recuperar su status. Teresa, la mayor, sólo les repite que la primera que se case con un hombre de fortuna debe ayudar a las demás.
Una y otra vez se lamentan por su condición. Piden fiado y nunca pagan la cuenta, roban en los campos vecinos pero la culpa siempre es de los payucos incultos que viven en el pueblo. Sin embargo, con el correr del tiempo no tardan en llegar las recriminaciones y las acusaciones cruzadas. El pasado comienza a invadirlas pero ninguna le teme, ninguna se arrepiente. Cada una hizo lo que le correspondía para ayudar a la familia.
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A lo largo, descubrimos que el culpable de la ruina económica es el esposo de Teresa, quien fuera adicto a los garitos y las carreras de caballo. Para el momento de su muerte, la debacle financiera ya era inevitable. Pero, por sobretodo, la gran culpable es su madre, que arregló el matrimonio con la intención de enderezar la conducta lésbica de su primogénita.
Amanda, Isabella y Muñeca se someten a las órdenes de la mayor. Isabella, se ocupa de los quehaceres hogareños mientras que Amanda hace los mandados. Sin embargo, Muñeca, la menor, es la rebelde que enfrenta, desobedece y roba a sus hermanas.
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La llegada de Felipe, el encargado de reparar el bombeador de agua, es el punto detonante en que los secretos y los reproches comienzan a aflorar. También es el peligro de una pasión poco conveniente, una nueva conspiración de las hermanas y la traición de una de las mujeres –la menos pensada.
Eres mi noche de amor es una comedia negra, con un guión impecable que sabe retratar no sólo la decadencia económica de la clase burguesa sino también sus valores coercidos. Buenas actuaciones que convocan la inescrupulosidad y la postura arrogante de quienes lo tuvieron todo y no se resignan a dejar de mirar al resto por encima del hombro.
Una escena sencilla, levemente iluminada que recrea la intimidad familiar y se hace eco de la miseria. El vestuario acompaña con viejas y deslucidas ropas subsistentes de los años de ostentación. Allí, donde nada queda. Ni dinero ni valores amores, tampoco subsiste el amor filial.
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