“¡Justo el día que cremamos a tu abuela!” es una de las tantas frase repetidas a lo largo de Hasta que la muerte nos separe, con las que los espectadores se van de la sala. Y cada vez que se repiten en su mente vuelven a sacarle una sonrisa.En ese registro, el del humor absurdo y el de la repetición, la obra dirigida por Paul Desveaux cuenta el regreso de Simon –Javier Lorenzo- a la casa materna en lo que será el reencuentro con su madre –Mirta Busnelli-, justo cuando ella despide a la suya. Una serie de enredos que evocan al humor picaresco argentino van hilando la historia que completa Ann –Céline Bodis-, su amor platónico de la infancia, que ahora amenaza con concretarse en un casamiento aunque él no sepa muy bien por qué.
 La puesta y la iluminación son sencillas y funcionales. La obra no toma mayores riesgos aquí. Acierta en la duración, poco más de una hora y media, y el ritmo narrativo, que cada vez se acelera más tras un comienzo denso donde la muerte y el silencio se hacen difíciles de romper, incluso para la música de salsa. Mirta Busnelli se luce como una madre con todas las manías tradicionales y los achaques de su edad. Sin ir muy lejos de lo que ya había mostrado por ejemplo en Los padres terribles, su presencia en escena, sus modos y sus sonidos guturales crean humor y drama por partes iguales en cada intervención. Hasta que la muerte nos separe recorre la vida, la muerte, el amor –los temas centrales de la humanidad- desde las particulares y freudianas relaciones entre los padres y sus hijos. Cada espectador, padre-madre-hijo-hija, tiene donde verse reflejado. Y cuando una obra logra eso, ya podemos decir que valió la pena pagar la entrada. En este caso, hasta ofrece más.
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