Desborde, desenfado, desenfreno - por Anabella Castro Avelleyra

Los padres terribles

De Jean Cocteau. Dirección: Alejandra Ciurlanti.

Actúan: Mirta Busnelli, Luis Machín, Noemí Frenkel, Nahuel Pérez Biscayart y María Alché.

Jueves, viernes y sábados a las 21hs; domingos a las 20hs. Entradas: desde $ 30.

En El Cubo, Zelaya 3053. Teléfono: 4963-2568.

 

Un crítico dijo una vez, hace mucho tiempo, que “Cocteau no tiene fórmula. Su tarea es la búsqueda de lo inédito, un doloroso esfuerzo por despertar los palacios desilusionados de nuestros contemporáneos. Y lo hace con desenfado, sobre un ritmo de jazz”.

La ausencia de una fórmula se nota en todas las vertientes por las que se mueve Los padres terribles : claramente es una comedia, pero también es un drama –o es, más bien, un drama contado en tono de comedia-; es una obra que ubica a los actores en el límite del despliegue físico –cada movimiento está controlado para generar una impactante sensación de descontrol- y los obliga a hacer transitar no sólo sus cuerpos, sino también sus voces, por distintos caminos. Los padres terribles se ríe de nosotros pero, sobre todo, con nosotros; se trata, en resumidas cuentas –y sujetos al afán de clasificarlo todo-, de una farsa.

Pero, justamente, Jean Cocteau tiene que ver con lo inclasificable: fue poeta, novelista, dramaturgo, pintor, dibujante, crítico, periodista, cineasta; lo suyo fue siempre escaparle a las etiquetas. Sobre todo a la impuesta por la sociedad de su época, a la que supo sacudirle todos los estándares, tanto desde su vida personal como desde su obra.

En 1938, sumido en una larga sesión de opio que duró ocho días, escribió esta obra, con la que movió los cimientos de una sociedad hipócrita y adormecida. En esta labor, tan típica de otros brillantes agitadores como Oscar Wilde, tuvo más suerte que éste último: no terminó en la cárcel, pero el Consejo Municipal de París canceló la puesta por “inmoral” a poco de su estreno.

La “inmoralidad” de Los padres terribles no pasa tanto por la edípica relación que une a madre e hijo, ni por la superposición de triángulos y círculos amorosos que se entretejen y se cruzan, sino por el atrevimiento de abofetear a una sociedad autocomplaciente con una precisión certera: la mentira, la trampa y el egoísmo disfrazado de amor son las verdaderas bases sobre las que se oxidan sus cimientos.

Hoy nadie pensaría que Los padres terribles es inmoral y, sin embargo, la arriesgada puesta de Alejandra Ciurlanti mantiene el espíritu que en su momento quiso otorgarle Cocteau. Por fuera de las fórmulas tradicionales, Ciurlanti busca lo inédito, sacude con el desenfado de un jazz el anquilosamiento de la escena más convencional. Se juega el todo por el todo en una propuesta que le escapa a los casilleros, que se mueve, ágil e inquieta, por diversos tonos y registros.

Para esto cuenta con una ayuda incalculable: un grupo de actores sumamente versátil y talentoso, que la sigue con fidelidad por esos pasillos inciertos que traza su puesta. Mirta Busnelli brilla en el papel de Ivonne, esa madre terrible, asfixiante, obsesiva y enferma. Se apropia no sólo del personaje –que es totalmente suyo: es ella- sino del escenario y del impreciso mundo que la rodea. Imponente, su personaje sabe ser por momentos ridículo, gracioso, histérico, digno de conmiseración, pleno de debilidad o de fortaleza: y ella lo lleva de la mano hacia cada uno de esos extremos, sin dudas y sin vueltas. Nahuel Pérez Biscayart está alejado de todo lo que hizo hasta el momento, sobre todo del introspectivo, calmo e inocente idiota que interpreta en Los mansos. Acá, su Michel se mueve en un estado permanente de agitación: corre de un lado al otro, salta sorprendido, grita y llora con un desconsuelo irrefrenable. Está conectado a 220 voltios. Demuestra un talento extremo para el humor físico, hay una esencia keatoniana en sus movimientos, una cualidad única para transmitir emociones y generar carcajadas con cada destello de sus ojos, de su rostro o de su cuerpo. Luis Machín los acompaña desde una gestualidad exacerbada que se ajusta con la precisión de un reloj al conjunto del elenco. Noemí Frenkel se las ingenia para desempeñar con eficacia el rol del maligno cerebro gestor de las maquiavélicas intrigas que se tejen entre los personajes, y María Alché, desde lo acertado del vestuario y el maquillaje, es perfecta como objeto de deseo.

Aunque todos lo son en esta obra en la que los deseos cruzados son el eje de la historia y la búsqueda egoísta de la satisfacción de los mismos es el motor central de las crípticas maniobras los personajes.

El trabajo conjunto de iluminadores y escenógrafos permite recrear dos lugares al precio de uno, y la austeridad en la estructuración de los espacios es una contraposición que equilibra con sagacidad el desborde de los personajes.

"A veces pienso que lo que estamos haciendo es una cagada; otras veces, que es divino. No sé. Sí sé que el proceso de trabajo fue muy bueno y que es difícil hacer esta obra, porque todo el tiempo estás al borde del mamarracho", declaró a La Nación Mirta Busnelli poco antes del estreno.

Tranquila Mirta, nadie podría manejar el tenso límite del mamarracho como ustedes, nadie podría salir tan ileso, nadie podría divertir tanto en ese extremo.

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