“Buscabas una palabra y la atrapaste. ¡Mentira! ¡No se atrapa nunca, nada!”
Sobre lo inasible, sobre la vida y sobre la muerte –pero más que nada sobre la vida cuando se encuentra acorralada por la muerte- es de lo que habla Remedios para calmar el dolor . Y lo hace con la habilidad suficiente para no caer en el discurso abstracto y grandilocuente.
Adrián Canale se aproxima a estos temas trascendentales desde la cotidianidad de un jardín en un barrio porteño. Las plantas, la cocina y las flores de Bach devuelven estas cuestiones al espacio al que realmente pertenecen: la vida diaria.
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Leonor y Violeta son vecinas. Sus personalidades son opuestas, pero las une un vínculo tan fuerte como perdurable. Una de ellas sabe que va a morir, y desde su depresión ve el mundo con resentimiento, angustia y desprecio. La otra se niega a aceptar la proximidad de la muerte, tal vez por el miedo a tener que enfrentar el vacío de la vida y, dueña de una extroversión capaz de llenar cualquier habitación, busca escapar a los oscuros comentarios de la amiga, que no hacen más que recordar la inevitable finitud de todas las cosas. |
Cuando el teatro off se juega por producir sus obras en espacios no convencionales, la apuesta es casi siempre acertada. Este caso no es la excepción. Emplazada en el patio del espacio Puerta Roja, la parra, las plantas, la tierra, el fuego, la parrilla, el clima, los gritos de los vecinos, los ladridos de los perros, los ruidos y los olores de la ciudad, se integran a la obra, dándole aún más naturalidad al diálogo final de estas dos vecinas.
Tanto Corina Bitchman (Leonor) como Carolina Tisera (magistral en el papel de Violeta) brindan unas actuaciones sinceras y precisas, que se ajustan entre sí logrando el apacible contraste que respira la obra. La oscuridad y la acidez de Leonor, la liviandad y el delirio de Violeta, representan dos formas de enfrentar un mismo miedo. “El miedo de perder a la persona querida”, dictamina en un momento Violeta. La persona querida puede ser uno mismo u otro, la vida o las ganas de vivir, pero ese miedo a perderlo atraviesa toda la obra, así como toda nuestra existencia. Es inevitable sentir el miedo de perder algo porque, al fin y al cabo, nada puede ser nunca atrapado. |